A nadie se le escapa que estamos viviendo un año bastante ajetreado a nivel económico. Desde la crisis de las hipotecas subprime el mundo entero se tambalea y las noticias sobre negocios en quiebra son el día a día económico.De hecho, al otro lado del Atlántico, el cierre de bancos en Estados Unidos ha superado la centena en lo que va de año debiendo el estado hacerse cargo de los mismos para sanear las maltrechas cuentas.
En España la situación no es muy diferente, si bien, en lugar de hablar de bancarrota o cierres, en nuestro país hablamos de fusiones, que simplemente esconden situaciones insostenibles en las que los números rojos amenazaban seriamente los cimientos de muchos bancos.
Por suerte o por desgracia, el sistema fiscal que hemos creado nos asegura que la entidad financiera en cuestión seguirá en pie una vez el papá Estado se haya hecho cargo de la situación, provocando así cierto ensoñamiento en la conciencia de algunos directivos.
Al final, lo único que queremos los ciudadanos es que nuestros depósitos a plazo estén asegurados, pero no nos damos cuenta de que somos nosotros mismos quienes tenemos que hacer frente a esa seguridad, a costa de los beneficios obtenidos por bancos y cajas.
Una situación que explican de forma muy didáctica Akerlof y Schiller en el libro titulado Espíritus Animales donde se narra como influyen en la economía global algunos sentimientos como la confianza, la corrupción o las historias orales.
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